Tú, que escribiste tu nombre en todas las páginas de mis cuadernos
y pintaste corazones, y sonrisas, y flores en mis libros.
Tú, que cuando andabas sin maquillaje servías estrellas al firmamento
porque con tus ojos y tus pecas cualquiera las habría confundido.
Tú, con tu voz de piano y ese peso inconfundible en los andares,
con tu tacto mullido, cálido, cortante, absoluto y desesperante.
Tú, que me alegrabas las noches, y los días, y las tardes,
cuando eras la única verdadera razón para alegrarse.
Tú, y tus visitas premeditadas, acordadas, pensadas o casuales,
y todas aquellas horas, minutos, segundos... que me pasé observándote.
Tú, con tu maldito carácter, y las malditas peleas, gritos, discusiones,
las malditas distancias y las benditas reconciliaciones.
Tú, con tu cuerpo bajo mi edredón y yo perdido bajo tu camisa,
y tu piel, y tus tetas, y la manera en la que te reías.
Tú, y la lluvia, y las palabras cariñosas, y las noches en vela,
tú, y tu belleza radiante, rabiosa y tentadora como la luna llena.
Tú, y nada más, y nada más queda.