Una voz en mi cabeza
   
 
  La caja -- 28 de julio de 2010

 

Tan solo unas pocas veces atravesé tu pecho,
más allá de la tímidamente abultada superficie,
y fui capaz de mirarte verdaderamente dentro
consiguiendo, al mirarte, realmente, sentirte…

 

Como cuando más de una vez, después de encontrarnos,
de manera apasionada, bajo la vista de tus altos techos,
descansábamos abrazados, ingenuamente hablando
acerca de la vida y de llegar, los dos, aún más y más lejos…

 

Tan pocas veces pude, al advertirte, darme por saciado…
Siempre quería más y nunca me parecía suficiente,
tú, sin embargo, considerabas todo demasiado,
y a la luz de tu reflejo, es cierto que aprendí a quererte…

 

Aprendí a quererte por lo que eras, a ratos,
por lo que guardabas cuando había alguien presente…
Por las lágrimas de azufre, metal, estaño,
que, estancadas, en tu pecho, perdían el color celeste…

 

Aprendí a amarte por lo que eras, aún lo hago,
encerrado en la cajita cuya puerta abre tu pecho,
sé que estoy allí, aunque no quieras confesarlo,
tengo la fe de haber dejado algo de mí allí adentro.

 









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